lunes, 3 de noviembre de 2014

SOBRE LA COMUNICACIÓN INCONSCIENTE, O LA CARE'NOVI@

A menudo he oído decir que los caballos son como espejos, que reflejan nuestro interior. No estoy de acuerdo. Los caballos son amplificadores. Cualquiera que sea la emoción que nos gobierna en el momento, pueden no sólo reflejarla; al pivotar desde ella, pueden desplegar actitudes y movimientos que superan lo que nosotros estemos sintiendo. Sucede que hemos sido tan domesticados por nuestra propia especie, que hemos perdido contacto con mucha de nuestra comunicación no verbal; aquella emitida por otros y, aún más importante, la que irradiamos nosotros mismos. En repetidas ocasiones, cuando facilito sesiones entre un caballo y un humano, presencio esta desconexión de nuestras propias emociones, que se manifiesta en nuestro lenguaje corporal. Una de las gracias de jugar con caballos en libertad es que nos permite volver a tomar contacto con nuestros cuerpos y emociones –entre muchas otras cosas– de forma natural; esto, siempre y cuando tengamos una guía, un traductor, una Piedra Roseta que nos permita comunicarnos con los caballos con seguridad.
Luis Miguel, marcando un límite cuando Juguete se acerca con demasiada fuerza.
Foto © O Liliana Sánchez 

Hay una proyección inconsciente, particularmente recurrente, que he observado de manera especial en personas amantes de los caballos. He dado en llamarla un exceso de care’novio o care’novia (del castellano: cara de novio/a, en adelante, care’novi@, pues se da en ambos géneros). Veamos un par de ejemplos.
1. Juana* vino a mí con Estrella, una yegua salvaje de montaña, rescatada de un tratante sospechoso. Como Juana no tenía experiencia previa con caballos, se comunicaba con Estrella de forma espontánea, y pasaban mucho tiempo paseando a pie. Aun cuando tenían un vínculo tal que podían pasear a campo abierto con Estrella completamente suelta, ella tenía problemas de agresividad, y había llegado a amenazar a los visitantes de Juana. Estaba claro desde el comienzo que Juana amaba a Estrella profundamente, y ella aceptaba que había una falta de armonía entre ellas.
En un principio, me enfoqué en el comportamiento de Estrella, y observé que se volvía resistente y amarga en el momento en que yo le pedía que se apartara de mi lado. Justo después volvía hacia mí con toda gentileza, las orejas al frente… y de inmediato las pegaba hacia atrás y me amenazaba con su grupa si yo intentaba apartarla de mí. Cuando me hube asegurado de que el comportamiento de Estrella lo permitía, le pedí a Juana que la pastoreara un poco. Estrella se resistió a las peticiones de Juana, girándose y encarándola con una expresión dulce, luego agachando las orejas y tensando su cuerpo cuando Juana le pedía que se apartara. Juana sabía que necesitaba marcar nuevos límites para Estrella, pero era demasiado fácil caer por las miradas encantadoras de la yegua. A petición mía, Juana persistió en pedirle a Estrella que se girara y se apartara al paso. Esta dinámica fluyó por unos minutos, pero eventualmente Juana se tensionó, y sus movimientos se volvieron abruptos –incluso ásperos, por momentos. Yo podía ver que estaba molesta, intentando seguir mis instrucciones pero sin saber cómo ser directiva sin volverse agresiva. Interrumpimos la sesión, tomamos una pausa para ver movimientos más fluidos, y a medida que Juana se fue relajando, el humor de Estrella se suavizó, y su resistencia gradualmente se disolvió.

2. Pedro trajo a Lucero –un castrado de 9 años a quien mantenía en un centro ecuestre– a un curso de tres días. Cuando le pregunté por su relación, Pedro se quejó de que su caballo no le prestaba atención a menos de que le diera golosinas, y buscó que yo validara su decepción. Yo le expliqué que lo que nosotros los humanos tendemos a interpretar como indiferencia es un comportamiento perfectamente normal en los caballos. Minutos después, mientras se dirigía a los establos a revisar a Lucero, me pidió, en un tono infantil, si podría darle unas zanahorias. En el momento, no supe bien por qué, pero dije “no”. La respuesta fue un puchero de un hombre entrado en los cuarenta. Y mis dudas desaparecieron.
Cuando llevamos a Lucero al corral donde habría de pasar la noche, estaba ansioso. Lo llevé al bebedero y al heno. No se quedaba quieto, relinchando frecuentemente. Yo intentaba ayudarlo a calmarse –pidiéndole amablemente que se apartara del lugar al lado de la entrada donde se paraba a relinchar– cuando me giré y vi a Pedro. Estaba apoyado en la entrada, mentón en mano, con una mirada de absoluta ensoñación, mientras veía a su caballo dar cuerda a su propia angustia en el corral. Pedro no sabía cuánto grano comía Lucero, así que aproveché eso y le pedí que lo averiguase de inmediato. No había pasado un minuto desde que se fue, y Lucero se calmó y empezó a comer heno.
Era claro para mí que Pedro había estado reforzando inconscientemente un patrón de ansiedad en su caballo. De lo que pude ver, no abusaba de él en absoluto, física ni sicológicamente. Por el contrario, lo atiborraba de golosinas –a menudo, me dijo, cuando Lucero piafaba y relinchaba. Con el paso del tiempo, su mera presencia fue suficiente para detonar el desasosiego de su caballo.
A veces, sin darnos cuenta, entrenamos a nuestros caballos a que sean agresivos o ansiosos, aun celebrando cuando actúan desde esas emociones. El problema es que el movimiento en los caballos no viene sin una emoción. Cuando se mueven de cierta forma, se sienten de cierta forma. Y cualquiera que sea la emoción en la que se hallan inmersos cuando los recompensamos, esa emoción volverá  con mayor frecuencia. Los dos ejemplos que describí arriba son de gente recompensando comportamientos agresivos o ansiosos en sus caballos. No sé por qué a veces tendemos a hacer esto. Quizás disfrutamos ver a nuestros caballos expresarse de forma dramática, en lugar de en su estado contemplativo, más usual. Quizás hayamos visto demasiadas películas que representan mal a los caballos. Quizás ni siquiera vemos al caballo, sino una proyección de nosotros mismos. El examen de las razones le corresponde a otros. Yo me ocupo de las dinámicas en sí, pues veo cada vez a más personas bienintencionadas que se meten en problemas con sus caballos por esto.
El autor, embelesado por la abrumadoramente encantadora Yanuba, apenas capaz de esconder sus síntomas de care'novio.
Foto © Jeremías Rodríguez

Cuando interactuamos con caballos en cualquier forma, sea en libertad o no, siempre le pregunto a mis alumnos (¡y a mí mismo!): a cuál caballo estoy recompensando? Al calmado, o al que se me impone y me exige recompensa?; al curioso, o al que no tiene en cuenta mi espacio personal? La recompensa puede ser tan simple como dejar a nuestro caballo ver que puede captar nuestra atención con un comportamiento en particular. En ese sentido, la care’novi@ puede ser muy traicionera, porque los amantes de los caballos a menudo la mostramos inconscientemente, sin darnos cuenta de que estamos recompensando en nuestros caballos precisamente aquellas actitudes de las que luego nos quejamos.
De ninguna manera quiero decir que debamos ser fríos o distantes con nuestros caballos: cualquiera que me haya visto trabajar sabe que me inclino –y bastante– en la dirección opuesta. Me parece divinamente dar rienda suelta a nuestra ternura y sentimientos amorosos… cuando es propicio que nuestro caballo los reciba. Los caballos, cuando se sienten amados por nosotros,  a menudo intentan complacernos, aun si les significa estrés o peligros. Es apenas justo que los guiemos en las mejores direcciones. Un buen primer paso es tomar consciencia de que, incluso si no sabemos que estamos hablando, ellos siempre están escuchando.


* Los nombres de aquí en adelante han sido modificados por la privacidad de los implicados ;-)

miércoles, 1 de octubre de 2014

SOBRE LA COMUNICACIÓN INTRAESPECÍFICA


La vida a veces nos mima: además de dictar dos cursos, uno en Andalucía y otro en Cataluña, en las últimas dos semanas tuve el privilegio de exponer en la 2ª edición del Festival Holístico de Horses and Human y de participar en los primeros Encuentros Profesionales, también de Horses and Human. Hasta donde yo sé, es la primera vez que se lleva a cabo un encuentro así en castellano.
Encuentros Profesionales Horses and Human 2014. Foto © Ferran Ginebrosa 
Mi país natal y mi hogar, Colombia, tiene una extensa cultura ecuestre, pero no son muchos los profesionales que se esmeran por poner el bienestar del caballo por encima de ciertas prioridades humanas. En los eventos de H&H, me sentí muy agradecido por estar en compañía de tantos profesionales formados y talentosos, todos genuinamente preocupados por explorar formas más compasivas de adiestrar y cuidar caballos. Aprendí más de estos temas de lo que hubiera soñado, pero las lecciones que quiero compartir hoy pertenecen por completo al reino de lo humano.
A menudo decimos que estamos “por el caballo”, pero omitimos el hecho de que estamos por nosotros primero. Sí: criamos, compramos, levantamos y mantenemos caballos, elegimos dónde viven, qué (y, a menudo, cuándo) comen, y elegimos a sus compañeros por ellos. Y luego, elegimos qué enseñarles. Podríamos argüir que, en alguna dimensión, los caballos nos han elegido a nosotros. No diré que no. Pero en nuestro nivel consciente ordinario, nosotros somos los responsables. Así que quisiera hablar un poco sobre nosotros, la gente de caballos.   

LA DIVERSIDAD ES RIQUEZA

A lo largo de los Encuentros Profesionales y del Festival, hubo muchos intercambios entre profesionales. Pronto, no hablábamos tan solo de adiestramiento de caballos, sino de nuestros estilos de vida, nuestros retos fuera del picadero, nuestras perspectivas sobre el cuidado de caballos, equipos y, de mayor importancia para mí, la enseñanza de personas y el intercambio de retroalimentación entre profesionales. En verdad, yo había venido preparado para una buena cantidad de choque de egos y acusaciones, a juzgar por cómo la gente se comporta en los clubes ecuestres y en los foros virtuales. También esperaba que alguien se pasara antropomorfizando e interpretando las reacciones de los caballos para ajustarlas a sus teorías sobre el comportamiento de los caballos salvajes y el entrenamiento “correcto”. Hubo algo de eso y me incluyo— pero la dinámica general fue de personas que se escuchaban los unos a los otros con sinceridad, e intercambiaban opiniones, por diferentes que fueran, con respeto y mente abierta. Tuve la fortuna de conocer a tantas de estas personas en tan poco tiempo.
En el Festival Holístico Horses and Human 2014. Foto © O Liliana Sánchez
El mundo ecuestre actual está lleno de juzgamientos sobre lo que está “bien” o “mal”. “Las cabezadas sin embocadura son buenas”, “los bocados son malos”; “el barefoot es bueno”. “las herraduras son malas”, y así. Esta visión a menudo desemboca en agrias discusiones, en las que la gente denuncia las decisiones de los demás, y la responsabilidad se convierte en culpa. Las más de las veces, la gente termina predicando a los conversos. La mayoría de los profesionales que conocí en España fueron de otro tipo; del tipo que quiere difundir un  trabajo más consciente, compartir con diferentes personas del mundo del caballo, y aprender de ellos. Una oportunidad única para este tipo de intercambio son los cursos públicos.

En lo personal, valoro cada vez más los cursos públicos. Por unos días, tengo la oportunidad de conocer a personas de todo tipo, cada uno con sus propias motivaciones y su comprensión del caballo. Puedo escuchar preguntas que nunca se me hubieran ocurrido por mi cuenta; cuando intento responderlas, me llega una nueva comprensión de lo que hacemos con caballos. Ese aprendizaje se multiplica cuando dirijo a los practicantes a comunicarse con caballos, y vamos más allá de las palabras, fruto del pensamiento, y nos adentramos en lo espontáneo del lenguaje corporal. Cuando enseño, evito juicios del tipo “bueno vs. malo”. Encuentro que obstaculizan el aprendizaje, pues engendran culpa, vergüenza y antagonismo. Más bien, procuro pensar en términos de consciencia, conocimiento, causalidad, estilos de comunicación y, particularmente, prioridades.

¿CUÁLES SON TUS PRIORIDADES?

Tuve una alumna que me escribió varias semanas antes de un curso, porque no sabía si valdría la pena para ella venir con su yegua. Me dijo que ya había hecho algo de trabajo en libertad empleando técnicas de un entrenador conocido, y quería saber si yo iba a enseñar cómo controlar los pies del caballo y así. En la línea de publicaciones recientes en el Independent Liberty Trainers Network, le expliqué mi definición del Adiestramiento en Libertad, que parte de una base bastante opuesta al control. Ella pronto vio la diferencia entre nuestra definición de libertad y la que ella conocía, en la que se empieza con aperos y requiere que el entrenador mantenga la atención del caballo constantemente enganchada en él (de acuerdo con la descripción que ella me dio). La alumna fue muy generosa al traer a su yegua al curso, permitir que otros jugaran con ella, y hacerlo ella misma delante de todos. Su yegua tiene unos modales maravillosos, y está claramente vinculada a ella. Cuando vio que todos, incluyendo a su dueña, no estábamos allí para pedirle comportamientos entrenados, que la dejábamos ser quien ella quisiera ser, eligió quedarse cerca de nosotros, dándonos la espalda, mirando a lo lejos calmadamente. La yegua participó de buen grado en interacciones con los practicantes, pero eventualmente volvió a ese estado contemplativo, cerca de nosotros y sin embargo, muy lejos. Consistentemente pidió pausas de esta forma. Su dueña se mostró muy abierta y confiada mientras yo dirigía sus movimientos con su yegua. Este fue un reto único para mí, pues no siempre era fácil mantenerse al margen de los movimientos entrenados que ya salían solos –a las dos! Me esmeré en mantener las interacciones espontáneas y libres, y la dueña hizo un gran trabajo de dejar ir sus hábitos de entrenadora y abrazar la lógica del Adiestramiento en Libertad.
Siendo examinado durante el curso en Málaga. Foto © O Liliana Sánchez
Esta experiencia me sugirió que las transformaciones actuales en el mundo de la gente de caballos no se tratan tanto de correcto vs. incorrecto, sino más bien de volvernos conscientes de nuestras motivaciones y prioridades. Las personas a las que les gusta entrenar a un caballo con aperos para que eventualmente lleve a cabo rutinas de movimientos estando suelto, pueden estar buscando obediencia, exactitud, un espectáculo, o alguna otra meta válida. Lo que siento que me mueve a mí a trabajar en libertad es explorar relaciones con caballos construidas sobre la premisa de que ellos pueden evitar mi entrenamiento si quieren, y que yo no me inmutaré. Si juegan conmigo, es porque lo eligen. Personalmente, hallo esto fascinante para nosotros los humanos y extremadamente beneficioso para los caballos que entrenos; especialmente si más tarde estarán en manos de personas que no practican el Adiestramiento en Libertad. Hay mil razones diferentes por las que estar con caballos. Creo que el primer paso hacia encontrar la mejor manera para nosotros consiste en preguntarnos: ¿cuáles son mis motivaciones?
Esta pregunta se relaciona directamente con los eventos que mencioné al principio, y con gente de caballos intercambiando conocimientos.

EL TONO ES PARTE DEL MENSAJE
Sesión de preguntas durante el curso en Cataluña. Foto © O Liliana Sánchez

Como profesor y adiestrador en libertad, probablemente sea por deformación profesional, pero una de mis principales prioridades al intercambiar conocimientos es la emoción subyacente. ¿Tengo en cuenta los sentimientos de mi interlocutor? ¿Lo escucho mientras habla, o estoy tan sólo preparando mi respuesta? ¿Hago lo mejor que puedo para que le llegue mi mensaje? ¿Está él haciendo lo propio? ¿Nos mostramos la misma cortesía que intentamos mostrar a los caballos?


Por mi experiencia como instructor de técnicas mentales para desarrollar la memoria y la capacidad de aprendizaje, y enseñando lenguas extranjeras por más de diez años, sé que la emoción juega un rol de suma importancia para ayudarnos a retener nuevos conocimientos. También sé que un nuevo comportamiento –sea hablar una lengua extranjera, adoptar un hábito saludable o saltar un obstáculo—se aprende mejor cuando se asocia a un refuerzo positivo: una recompensa que aparece cuando se lleva a cabo el comportamiento deseado. Lo contrario sería el castigo positivo: un estímulo aversivo, que aparece cuando se efectúa un comportamiento indeseado. Cuando miramos el trabajo de otra persona y principalmente señalamos lo que está mal, puede que queramos ayudarlos a mejorar, pero lo cierto es que nuestra atención –y, por consiguiente, la suya—se enfocarán en el fallo, en lugar de la alternativa. Yo intento cuidar tanto mis palabras como el tono que empleo, el lugar desde el cual hablo, pues todos tienen efectos emocionales. En mi propia experiencia como profesor, los humanos en general somos seres sensibles, que aprendemos mejor a través del refuerzo positivo, no tan bien a través del castigo positivo… ¿Suena conocido?